Sunday 5 September 2010 | Actualizada : 2010-08-31 
Inicio > Artigos > 9 - Difamación e injuria en la web - en el internet, si maldices a alguien.
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"Pero, ahora yo te digo que aun si te enojas contra alguien, serás juzgado, porque esa persona es tu hermano. Si insultas a alguien, tendrás que presentarte ante el Consejo. Y si maldices a alguien, tendrás que responder por eso en el fuego del infierno".  (Mt 5,22)


Maldecir a un prójimo, según Jesús, te lleva a la hoguera eterna...imagínemose el pecado que supone ofender a Dios.


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CDV – www.conocereisdeverdad.org: 

2009.IX. "Varias fotografías fueron quitadas por sugerencia de los lectores, gracias a todos por participar. Este sitio es católico y nada tiene que ver con campaña alguna para "introducir la homosexualidad" (basta con leer los artículos que hay aquí sobre antropología, sexualidad!). Perdonamos de corazón a quien hizo el mal para que viniera el bien; a Dios dejamos el juicio; ¡que tengan una buena lectura!". CDV. 2009.X.01 - CDV  2009.XI.03


“Quien sufre perturbación anímica producida por una dañina idea fija, es capaz de ver o hacer patente en cualquier imagen, su propia agitada anormalidad”. 


ORACIÓN  -  Señor,
¡qué fácil es condenar!
Qué fácil es tirar piedras:
las piedras del juicio y la calumnia,
las piedras de la indiferencia y del abandono.


Señor, tú has decidido ponerte
de parte de los vencidos,
de parte de los humillados y condenados.( Mt 25, 31-46.
Ayúdanos a no convertirnos jamás en verdugos
de los hermanos indefensos,
ayúdanos a tomar posturas valientes
para defender a los débiles,
ayúdanos a rechazar el agua de Pilato
porque no limpia las manos,
sino que las mancha de sangre inocente.


Ser de la Iglesia Católica es estar donde cada uno lleva la carga del otro —como dice san Pablo—, y así hacéis crecer el edificio vivo del Señor, que es la Iglesia. 

La Iglesia no está hecha de piedras materiales, sino de piedras vivas, de personas bautizadas que sienten la responsabilidad de la fe con respecto a los otros, la alegría de estar bautizados y conocer a Dios en el rostro de Jesús…


DIFAMACIÓN E INJURIA EN LA WEB


"La historia de la infamia está siempre inconclusa por los capítulos de oprobio que escribe gente dominada por espíritus oscuros y malvados.

Muchos de estos demonios lanzan llamaradas cuando sus palabras y mentiras quedan al descubierto por la verdad y la razón, y entonces sus propias llamas los consumen.

En el ínterin, hay personas ingenuas o incautas que se aproximan a observar la falsa luminosidad de sus planteamientos; algunos quedan deslumbrados y, equivocadamente, se adhieren a causas impropias.

Otros más avispados o inteligentes se retiran a tiempo para no ser alcanzados por el fuego proveniente de acciones canallescas de quienes piensan que tienen derecho a destruir honras y reputaciones bien ganadas.

Es la sempiterna lucha entre la verdad y la mentira, entre vileza y nobleza. En definitiva, la confrontación entre quienes se apoyan en la rectitud de sus actuaciones y aquellos que se valen de todo tipo de retorcimientos para lograr determinados objetivos.

El insulto, una pendiente resbaladiza que conduce con irresponsable facilidad hacia la difamación e injuria, constituye un claro reflejo de impotencia y desesperación ante la falta de argumentos sostenibles en el tiempo y el espacio.

En su prepotencia, fruto en gran medida de la nociva mezcla de pasiones e intereses, algunos quedan atrapados entre sus angostas fronteras y pierden la chaveta.

Faltos de sensatez y serenidad, se regodean en el uso repetido de la afirmación dañina y mendaz, pero cometen un grave error al subestimar la capacidad de reacción de los blancos escogidos para dirigir sus injustos ataques.

Piensan que pueden vivir permanentemente cometiendo atropellos y disfrutando de impunidad porque menosprecian la posibilidad que tiene la gente de advertir el carácter avieso y deliberado de sus desafueros.

Como se le atribuye haber dicho en alguna ocasión a Erasmo de Rotterdam: -He dejado en el tintero los nombres propios. Si alguien se siente aludido, es su conciencia que lo acusa-".  Mayo 2009 - 29
 

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"Cristo nos pide dos cosas: condenar nuestros pecados y perdonar los de los otros; hacer la primera cosa a causa de la segunda, que así será más fácil, porque el que se acuerda de sus pecados será menos severo hacia su compañero de miseria. Y perdonar no sólo de palabra, sino desde el fondo del corazón, para no volver contra nosotros mismos el hierro con el cual queremos perforar a los otros. ¿Qué mal puede hacerte tu enemigo que sea comparable al que tú mismo te haces?... Si das rienda suelta a tu indignación y a tu cólera, quedarás herido no por la injuria que te ha hecho, sino por el resentimiento que tú guardas.


No digas, pues: «Me ha ultrajado, me ha calumniado, me ha hecho cosas miserables» Cuanto más vas diciendo que te ha hecho daño, más demuestras que te ha hecho bien puesto que te ha dado ocasión de purificarte de tus pecados. Así, cuanto más te ofende, más te pone en estado de obtener el perdón de Dios por tus faltas. Porque si queremos, nadie nos puede hacer daño; incluso nuestros enemigos nos prestan un gran servicio... Considera, pues, cuantas ventajas sacas si sabes soportar humildemente y con dulzura una injuria".

http://www.mrsavinon.blogspot.com/  11.III.MMX.


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Lo peor que nos puede pasar en la vida es creernos portador de una misión universal. La línea entre el idealismo y el más cruel maquiavelismo, ése que utiliza el mal por un bien que se sabe de antemano nunca será alcanzado, es muy fina. Una vez rebasada, ya no hay camino de vuelta.


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¿No resulta más fructífero el silencioso trabajo que la presunción que culmina, casi siempre, en un terrible desplome, económico, político y moral?


De nada vale decirse cristiano y vivir injuriando, difamando, calumniando al prójimo; por si alguien no se aclaró, San Pablo escribe:


9 Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien.
10 Amense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos.
11 Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor.
12 Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración.
13 Consideren como propias las necesidades de los santos y practiquen generosamente la hospitalidad.
14 Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca.
15 Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran.
16 Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios.
17 No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres.
18 En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos.
19 Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos, antes bien, den lugar a la ira de Dios. Porque está escrito: Yo castigaré. Yo daré la retribución, dice el Señor.
20 Y en otra parte está escrito: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza.
21 No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien.
San Pablo a los romanos,Cap. 12


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La soberbia de los entendidos

En la antigüedad cristiana, los gnósticos pretendían tener un conocimiento intuitivo y misterioso de las cosas divinas. Los iluminados, la elite, gozaban de un conocimiento secreto, esotérico, reservado a los iniciados. El vulgo tenía que conformarse con la doctrina católica, accesible a todos.

En un interesante ensayo, titulado “El misterio del Padre - Fe de los apóstoles. Gnosis actuales - ” (Madrid 1998), M.J. Le Guillou advertía que la confusión doctrinal existente en la Iglesia era una nueva crisis gnóstica y que el camino para superarla era, de nuevo, la confesión de la fe apostólica. 

Yo estoy bastante de acuerdo con ese diagnóstico del preclaro teólogo dominico. Se advierte, quizá en exceso, una vocación, rayana incluso con el vedetismo, de distanciamiento: En la cumbre del saber estarían los “cristianos maduros”, aquellos que han tamizado su fe en la criba de la modernidad y que han lanzado por la borda el pesado lastre de las cosmovisiones medievales, y en la base, o en el subsuelo, o en la caverna, los “cristianos simples”, ingenuos, que siguen creyendo que las palabras en las que se expresa la fe tienen, más allá de un contenido meramente simbólico, un alcance real. Sin que por ello ignoren las posibilidades y los límites de todo lenguaje.

El gnóstico de hoy es arrogante, altanero, casi perdonavidas. Él es profeta y los demás son borregos incapaces de pensar, patológicamente propensos a seguir la voluntad de los pastores; para colmo, de unos pastores cuyo único credo sería el poder y el mantenimiento del poder.

El mundo real y, dentro de éste, el mundo de la fe es mucho más complejo. La fe no es un logro humano sino un don divino. No está reservada a unos pocos escogidos, sino que se ofrece a todos, en su sencillez y grandeza, en su sabiduría y locura. La fe es asentimiento, reconocimiento, entrega a una Verdad que se nos dona como un regalo inmerecido. Y, sin fe, no hay tampoco inteligencia de la fe; no hay Teología.

A todos, fieles y pastores, teólogos y aprendices de teólogos, nos hace falta una mayor dosis de humildad, de autoconocimiento, de sumisión, de rendimiento, de entrega; en definitiva, de obediencia. Dios es. Y Dios habla. No somos jueces de su Palabra, sino oyentes atentos y agradecidos. Si falla esta escucha, la razón no puede ni razonar. Una razón gnóstica impide percibir la sorprendente novedad, la admirable extrañeza, de lo divino.

Guillermo Juan Morado. 29.VII.2009  23:13:36 infocatolica.com


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"Se puede tejer una insidiosa red de mentiras para convencer a los demás de que ciertos grupos no merecen respeto. Y, sin embargo, por más que se esfuerce, nunca se puede quitar el nombre de otro ser humano. Sus nombres, en particular y sobre todo, están grabados para siempre en la memoria de Dios Omnipotente". Benedicto PP. XVI - 2009.V.11 Jerusalem.


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P: ¿Entre el monacato, cuál sería el pecado más repugnante?
 
R: probablemente el cinismo. Un católico puede ser un gran pecador, pero jamás un cínico.
 
Cínico, ca.(Del lat. cynĭcus, y este del gr. κυνικός).1. adj. Que muestra cinismo (desvergüenza). Mirada, alegría cínica. Apl. a pers., u. t. c. s.  2. adj. Impúdico, procaz.  3. adj. Se dice de cierta escuela que nació de la división de los discípulos de Sócrates, y de la cual fue fundador Antístenes, y Diógenes su más señalado representante. U. t. c. s.  4. adj. Perteneciente o relativo a esta escuela.5. adj. desus. desaseado.
 
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SALMO 3
1 Salmo de David. Cuando huía de su hijo Absalón
2 Señor, ¡qué numerosos son mis adversarios,
cuántos los que se levantan contra mí!
3 ¡Cuántos son los que dicen de mí:
«Dios ya no quiere salvarlo»!
4 Pero Tú eres mi escudo protector y mi gloria,
tú mantienes erguida mi cabeza.
5 Invoco al Señor en alta voz,
y él me responde desde su santa Montaña.
6 Yo me acuesto y me duermo,
y me despierto tranquilo
porque el Señor me sostiene.
7 No temo a la multitud innumerable,
apostada contra mí por todas partes.
8 ¡Levántate, Señor! ¡Sálvame, Dios mío!
Tú golpeas en la mejilla a mis enemigos
y rompes los dientes de los malvados.
9 ¡En ti, Señor, está la salvación,
y tu bendición sobre tu pueblo!


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“Cuando camino por cañadas oscuras, nada temo, porque el Señor va conmigo” (Salmo 22 [23], 4). Como enseña San Agustín: “Sólo la verdad triunfa” y añade “La victoria de la verdad es la caridad” (Sermón 358,11) La caridad todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. (cf. 1 Cor 13, 7). Es el peso del amor lo que dará la respuesta que Él quiere para darnos paz a nuestras almas. Sobre la verdad, lo primero que vemos ante Cristo, es que Él es la Verdad, que nos lleva a ver todo desde Él.



El peor enemigo de la verdad, no es la mentira evidente, sino lo que más se parece a la verdad!


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De nada vale decirse cristiano y vivir injuriando, difamando, calumniando al prójimo; por si alguien no se aclaró, San Pablo escribe:


9 Amen con sinceridad. Tengan horror al mal y pasión por el bien.
10 Amense cordialmente con amor fraterno, estimando a los otros como más dignos.
11 Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor.
12 Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración.
13 Consideren como propias las necesidades de los santos y practiquen generosamente la hospitalidad.
14 Bendigan a los que los persiguen, bendigan y no maldigan nunca.
15 Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran.
16 Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios.
17 No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres.
18 En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos.
19 Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos, antes bien, den lugar a la ira de Dios. Porque está escrito: Yo castigaré. Yo daré la retribución, dice el Señor.
20 Y en otra parte está escrito: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza.
21 No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien.
San Pablo a los romanos,Cap. 12


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Os suplicamos en nombre de Cristo...

Dejáos reconciliar con Dios.  Si miramos a nuestro alrededor con un poco de realismo, que es ejercicio de humildad y valentía, veremos que a muchos de nosotros nos cuesta trabajo confiar del todo en Dios y organizar nuestra vida de cara a la vida eterna. La mayoría de nosotros vivimos una vida ambigua y confusa, en la que intentamos combinar la fe y la comodidad, el espíritu cristiano y las concesiones al materialismo y al egoísmo. Aunque tenemos que luchar constantemente contra esta mediocridad espiritual, no nos tiene que asustar. Somos pecadores. Llevamos el pecado muy dentro de nosotros. La Biblia y las enseñanzas de la Iglesia nos hablan de una condición pecaminosa original que nos hace difícil la plena confianza en Dios y la obediencia sincera y generosa a sus mandamientos. 

Pero esto no nos tiene que desanimar. Dios conoce nuestra verdadera situación, y a pesar de ello nos sigue queriendo, porque nos perdona y continúa pacientemente su obra de redención y de gracia hasta la consumación. Es más, El nos amó siendo pecadores y con su amor inmerecido nos hace posible la justificación interior y la riqueza de las buenas obras. Afortunadamente, el principio y el fundamento de nuestra salvación no están en nuestras propias obras, sino en el amor fiel y perseverante de Dios. Dios nos ama irrevocablemente. Por este amor nos tiene destinados para la vida eterna en su Hijo Jesucristo, y por este mismo amor perseverante nos perdona, nos justifica y se llega hasta nosotros para ayudarnos a alcanzar la plenitud de nuestra vida en la felicidad gloriosa de la vida eterna.
Nuestra justicia no puede ser la falsa justicia satisfecha del fariseo, sino la justicia humilde y verdadera del pecador arrepentido. Nuestra oración y nuestra fuerza está en la oración confiada del publicano humilde y penitente (Cf Lc 18, 9-14). El arrepentimiento y la confianza en el perdón son el principio y la raíz de la verdadera religión.

Sin verdadera penitencia interior y exterior no puede haber verdadera religión ni auténtica vida cristiana. Sin arrepentimiento personal de nuestros pecados, la piedad y la fe degenerarían fácilmente en orgullo y satisfacción de nosotros mismos. El anuncio del perdón y de la misericordia de Dios, unido a la exhortación a la conversión y al arrepentimiento de los pecados, es el inicio y el hilo permanente en la predicación de Jesús y parte central en el Evangelio de la gracia. 

Como es verdad que el mayor bien que Dios nos ha dado es la promesa y la permanente posibilidad de la salvación eterna, también es cierto que nuestro mayor peligro es la posibilidad de la condenación como consecuencia de la obstinación en nuestro orgullo impenitente. La acción positiva de Dios siempre es una acción de misericordia y de salvación. Sólo el orgullo y el rechazo contumaz de la soberanía y del amor de Dios pueden privarnos del gran don de Dios que es el ingreso en su vida gloriosa y eterna. Esto es lo que siguiendo una enseñanza constante de Jesús y de la Iglesia, llamamos el infierno, un estado trágico de existencia perdurable sin el gozo del encuentro amoroso con la Verdad y la Belleza de Dios. La salvación es un encuentro en el amor ofrecido y aceptado. Y el amor es siempre una cuestión de libertad. Nadie puede entrar en el Cielo por la fuerza. En nuestras relaciones con Dios todo tiene que desarrollarse en el ámbito de la libertad y del amor. 

El Evangelio combina admirablemente el anuncio de la misericordia de Dios y la seriedad de nuestra respuesta a su amor. Los que no se convierten ante las palabras y los signos de Cristo corren el riesgo de condenarse (Lc 11, 12). Los que no se convierten perecen sin excepción posible (Cf Lc 13, 4-5). Nadie puede esperar medidas extraordinarias (Cf Lc 16, 27-31). Cada uno debe examinarse y arrepentirse ante su propia conciencia, sin atreverse a juzgar o condenar acusar a los demás. Sólo con la ayuda de la gracia de Dios, pedida y aceptada humildemente, podremos conocer nuestros pecados y librarnos de ellos.
El amor de Dios siempre es perdón, no podría amarnos de otra manera. Jesús, que quería por encima de todo darnos a conocer el verdadero rostro de Dios, en los momentos más solemnes nos lo presentó como un Padre de misericordia, que espera impaciente la vuelta a casa de su hijo pecador y desagradecido (Cf Lc 15, 11-32). Se podrían multiplicar las citas en las que Jesús anuncia la misericordia de Dios como ofrecimiento permanente de perdón y reconciliación para todos los pecadores arrepentidos. Como anuncia también la condenación y el sufrimiento eterno para aquellos que se cierran en su pecado y en su rebeldía (Cf Lc cap.11; 13, 22-30; Mt 24, 47-51; 25, 45).
Jesús hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. La anuncia y la vive como uno de los contenidos más importantes de su misión: “El Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido". “No son los sanos sino los enfermos los que necesitan la curación". “No he venido a buscar a los justos sino a los pecadores". “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte que por cien justos que perseveren". En el momento culminante de la Cruz, sus palabras son palabras de perdón y de esperanza (Cf Lc 5, 31-32; Lc 15; Lc 23, 33-49). El Señor Jesús, en todo santo, buscó a los pecadores, anunció y otorgó el perdón de los pecados a cuantos se acercaron a El con humildad y verdadero arrepentimiento (Cf. Lc 7, 47-50; 15, 7. 10. 11-31; 18, 9-14; 19, 9) En este ministerio de gracia y de perdón Jesús era revelador del Padre, revelador e instrumento primordial de la gracia de Dios sanante, perdonante y santificadora (Cf Lc 15).
En el momento culminante de la memoria de Jesús, cuando la Iglesia recuerda y renueva sacramentalmente el sacrificio de Cristo, señala expresamente el fruto primero de la muerte de Jesús: “Esta es mi sangre derramada por vosotros, para el perdón de los pecados". La muerte y la resurrección de Jesús constituyen la manifestación decisiva del amor de Dios hacia nosotros, por la muerte y la resurrección nos llegan el perdón de los pecados y la posibilidad de la vida eterna.
Y Jesús encomendó a los Apóstoles y a la Iglesia entera el anuncio y la celebración del perdón de los pecados como un elemento esencial del ministerio y de la mediación de la Iglesia (Cf Mt 26, 27; 28, 17-20; Lc 24, 44-49). Anunciar y celebrar el perdón de los pecados forma parte esencial de la gracia de Dios que la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, tiene que anunciar y celebrar (Cf II Cor 5, 16-21). Ella tiene como misión esencial anunciar constantemente y a todos los hombres la gracia de Dios, que en un mundo de pecadores se presenta siempre como una gracia que ofrece el perdón a la vez que llama a la conversión.
A veces, llevados por el deseo de atraer y de no asustar a los fieles, presentamos el amor de Dios como si fuera un amor indulgente al que no le importan nuestros pecados, que pasa por encima de ellos casi sin tenerlos en cuenta. La verdad es que el amor de Dios no es indulgente con el pecado porque el pecado es incompatible con la eficacia de sus dones en nosotros. Dios ama al pecador irrevocablemente, pero reclama siempre el abandono de los pecados. Jesús, a la vez que ofrece el perdón de los pecados, reclama la conversión y el cambio real de vida.
Podemos pensar en muchos pecados concretos, pero es importante que nos demos cuenta de que por debajo de todos ellos está el desconocimiento y la falta de amor hacia Dios. Nos cuesta trabajo situarnos ante un Dios personal, el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo del que nos habla Jesús, reconocer su centralidad, aceptar su gracia y su comunicación con nosotros, vivir en su presencia, dejarnos guiar por el Espíritu Santo en obediencia y devoción filial, poner nuestra vida en sus manos con amor y confianza, a pesar del escándalo del sufrimiento y de la muerte, como el propio Jesús (Cf Mt 26, 39; Lc 25, 46). En una palabra, nos cuesta trabajo amar de verdad a Dios por encima de todas las cosas, más que a nosotros mismos, como lo más importante y lo más bueno que podemos imaginar.
Muchas veces nos acusamos de pecados concretos, de faltas concretas contra uno u otro de los mandamientos de Dios o de la Iglesia. Está bien y así tiene que ser. Pero un examen más sincero de nuestra vida nos tiene que llevar al descubrimiento de que nuestro pecado de fondo es la falta de amor a Dios y al prójimo, la falta de reconocimiento efectivo de la bondad de Dios y de su importancia en nuestra vida, la idolatría oculta de las cosas de este mundo a las que dedicamos más tiempo y amamos más efectivamente que al Dios vivo y salvador porque nos dejamos llevar de la ilusión de que nos hacen más felices y son más importantes que Dios mismo.
Necesitamos recuperar vivamente el conocimiento religioso del pecado como olvido y menosprecio, incluso como rebeldía contra los designios y la providencia de Dios, como afincamiento en nosotros mismos, falta de amor y de humildad ante la grandeza y la bondad de Dios, falta de confianza para obedecer de verdad sus mandamientos en vez de cerrarnos y endurecernos en nosotros mismos.
Con el mandamiento del amor al prójimo nos ocurre algo semejante. Lo aceptamos para aplicarlo en el círculo reducido de nuestros familiares y amigos. Quizás somos capaces de no hacer mal a los demás, pero difícilmente llegamos a querer para los demás lo que queremos para nosotros mismos, a medirlos con la misma medida de amor y comprensión con que nosotros queremos ser medidos, a ofrecer el perdón y la reconciliación a quienes nos han ofendido (Cf Lc 6, 34-36).
La verdadera penitencia nace en nuestro corazón cuando nos comparamos con la santidad de Jesús, cuando nos medimos con lo que El ha descrito como conducta propia de sus discípulos, cuando nos miramos en El con amor. “Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a quienes os odian. Bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan” “Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro Padre del Cielo”. (Lc 6, 27-28)? De este pecado profundo que es la falta del amor sobrenatural a Dios y al prójimo, nacen fácilmente otros muchos pecados concretos. Cuando nuestros corazones no están interiormente renovados y justificados por la acción del Espíritu Santo y la presencia del amor sobrenatural de Dios y del prójimo, esta falta de amor y de piedad efectiva se concreta y se manifiesta en otros muchos pecados de acción y de omisión que los mandamientos de Dios y de la Iglesia se encargan de revelar y poner de manifiesto.
Podemos preguntarnos en qué consisten nuestros pecados más frecuentes. Cada uno podrá responder según su propia conciencia. Pero en estos momentos hay algunas tendencias comunes que nos amenazan a todos:
. dejarnos conformar por las tendencias y los gustos de este mundo;
. ambicionar y necesitar demasiados bienes, demasiadas diversiones; 
. rechazar a las personas que no nos caen bien;
. juzgar severamente a los demás, a la vez que siempre tenemos explicaciones para justificar nuestros propios defectos; 
. propagar rumores en los que queda mal la fama de otras personas; 
. vivir centrados en nosotros mismos, en nuestro propio bienestar;
. desentendernos de los sufrimientos y de las necesidades de los demás, de los pobres, de los enfermos, de los más débiles, de los que no podemos esperar nada;
. no compadecernos de los que no creen en Dios, de los que buscan y no encuentran la verdad o la esperanza;
. dejar con facilidad nuestras obligaciones religiosas, la oración personal, la Misa dominical, el testimonio de fe en la vida familiar y social;
. descuidar las exigencias de la caridad en la vida familiar, faltando a las obligaciones de fidelidad, indisolubilidad, fecundidad generosa.
. faltar a la justicia en la vida profesional y laboral, con engaños, abusos, actuaciones o exigencias injustificadas. 
. juzgar a las personas sin misericordia, fomentar las divisiones y los enfrentamientos, mantener odios o discriminaciones;
. desentendernos de nuestras responsabilidades para evitarnos disgustos, críticas, preocupaciones.

En una palabra: no vivir como corresponde de verdad a un hijo del Dios de la salvación, a un discípulo del Jesús manso y humilde de corazón, a un ciudadano del Cielo santificado ya por las primicias del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones, no tener el amor de Dios y del prójimo como norma efectiva y permanente de nuestras acciones y de nuestra vida entera, desde los pensamientos hasta las obras externas. 

Termino con la hermosa cita de San Pablo con la que he comenzado: “El amor de Cristo nos impulsa a pensar que si uno ha muerto por todos, todos hemos muerto de alguna manera. El ha muerto por todos para que los que estamos vivos no vivamos ya para nosotros, sino para Aquel que ha muerto y resucitado por nosotros. De modo que nosotros ya no conocemos a nadie según la carne, y si hemos conocido a alguien según la carne, ahora no lo conocemos ya así. Pues si uno está en Cristo, es una creatura nueva. Las cosas viejas han pasado. Ahora todo es nuevo. Y todo esto viene de Dios que nos ha reconciliado con El por medio de Cristo y nos ha confiado a nosotros el ministerio de la reconciliación. Ha sido el mismo Dios quien ha reconciliado el mundo entero consigo en Cristo, no cargando más a los hombres con sus culpas y entregándonos a nosotros la palabra de la reconciliación. Nosotros hacemos de embajadores de Cristo como si Dios mismo os exhortase por medio de nosotros. Os suplicamos en nombre de Cristo: dejáos reconciliar con Dios. A Aquel que no conoció el pecado, Dios lo trató como si fuera pecado a favor nuestro, para que por medio de El nosotros pudiéramos llegar a ser justicia de Dios” (II Cor 5, 14-21).
El blog de Monseñor Fernando Sebastián Aguilar. España - 2009.IV.


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«Cuando se sirve a la Iglesia, sólo cabe la alegría».


Hoy, la mayor dificultad que tenemos como Iglesia es la de comunicar a la sociedad que existe una jerarquía de valores. Tomemos la cuestión del aborto y de la vida en general. La voz de la Iglesia es escuchada en tantas partes, pero también es muy combatida. Y las críticas a la Iglesia tienen lugar por un motivo: porque nuestra sociedad considera que el individualismo y la libertad de elección son el valor más importante que hay que proteger. Hoy, el libre arbitrio vale más que la vida.  MMIX


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www.conocereisdeverdad.org  =


“CDV” intenta presentar la fe cristiana para la gente más sencilla (catequistas, etc.), en especial para los estratos aparentemente más bajos. ¿La razón? Simple: «Son ellos quienes más necesitan conocer la alegría de Cristo».-

Este sitio web ‘CDV’ no pretende ser un campo en el que eruditos intelectuales, ya desde los ámbitos de la teología y la filosofía, señalen el camino para descubrir a Cristo. Sí tiene como objeto mostrar desde un punto de vista elemental, respetuoso y claro, el hermoso rostro del Salvador. Poner en el tapete los problemas del hombre de hoy, de una sociedad cada vez más individualista y volcada en el consumismo. Y todo ello con un lenguaje comprensible, claro y atractivo.

Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación, lo que se pretende desde ‘CDV’ es contribuir muy modestamente, y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz. ‘CDV’ Gracias.-

“Conocereisdeverdad.org = CDV” no necesariamente se identifica con todas las opiniones y matices vertidos por autores y colaboradores en los artículos publicados; sin embargo, estima que son dignos de consideración en su conjunto. ‘CDV’ Gracias.-

Muchos textos son rastreados por desconocidos en Internet que luego nos los hacen llegar para nuestro solaz. En ningún caso intentamos apropiarnos de la autoría de los textos, por lo que no se puede hablar de plagio. El mejor homenaje que se le puede hacer a un autor es que sus textos circulen por Internet de manera mostrenca, mesteña. Por lo demás, se admiten opiniones.


2009.XI.03: “Quien sufre perturbación anímica producida por una dañina idea fija, es capaz de ver o hacer patente en cualquier imagen, su propia agitada anormalidad”. 


En el 2008 habíamos escrito y continúa en nuestra presentación: Frente a insultos, blasfemias, palabras groseras, amenazas, alusiones sexuales y comentarios racistas, como a la usurpación de nombres, direcciones y nicks, la verdad es que no nos sentimos muy inclinados a perder el tiempo con gente de esa categoría tan ínfima. CDV. 2008.
www.conocereisdeverdad.org no es un medio católico oficialista. 

Intentemos que en nuestra libertad, cada vez haya más huellas de Dios.


Jugárselo todo por Jesús es siempre nuestra asignatura pendiente.


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"Jesús comenzó a instruir a sus discípulos para explicarles el alcance verdadero de su identidad mesiánica: "El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado, y resucitar al tercer día". Fue como un jarro de agua helada ¿A qué viene esa salida de tono con condena, ejecuciones y una incompresible resurrección que ninguno entendía?

Pedro tal vez animado por su reciente éxito, tuvo un "gesto" con su Maestro: increpando a Jesús quería salvar a su Salvador. Pero Jesús le responderá: "apártate de mí, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios". Es un cambio de escena de un dramatismo tremendo. Pedro, que pasa a ser casi al mismo tiempo alguien en quien habla el Padre y alguien en quien grita Satanás, capaz de lo mejor y más bello... y de lo peor y más horrendo. En esa agridulce y claroscura posición nos encontramos todos, siendo tantas veces testigos de la luz y la verdad y, si cambian las tornas, negociantes de la tiniebla y de la mentira... al mejor postor.

Jesús termina con una invitación sin ambages: su Verdad y misión, no nacen de sondeos de opinión, ni depende de un momento mejor o peor de sus discípulos. La cuestión decisiva es poder responder quién es Jesús, en comunión con la Iglesia y todos los testigos santos. Para esta respuesta no valen lo que otros digan, ni una retórica teórica, sino la que se hace seguimiento, compañía del Señor en lo concreto de la vida a la que cada cual ha sido llamado".

Monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, obispo de Huesca y de Jaca. 2009.IX.12


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«La verdad es el alimento de la inteligencia y el fundamento de la conducta humana. La verdad se debilita o falsea cuando la realidad se ve o se interpreta de forma distorsionada. Esa distorsión aparece cuando los medios de comunicación manipulan la información; cuando las opiniones mayoritarias se imponen de derecho o de hecho; cuando los intereses subjetivos pesan más que la realidad objetiva»: Profesor José Ramón Ayllón - 2009


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Lo que dijo Pío XII en 1950 sobre la opinión pública dentro de la Iglesia:

...[...]...

"finalmente, Nos querríamos todavía añadir una palabra referente a la opinión pública en el seno mismo de la Iglesia (naturalmente, en las materias dejadas a la libre discusión). Se extrañarán de esto solamente quienes no conocen a la Iglesia o quienes la conocen mal. Porque la Iglesia, después de todo, es un cuerpo vivo y le faltaría algo a su vida si la opinión pública le faltase; falta cuya censura recaería sobre los pastores y sobre los fieles. Pero también aquí la prensa católica puede hacer un servicio muy útil. A este servicio, sin embargo, más que a cualquier otro, el periodista debe aportar aquel carácter del que Nos hemos hablado, y que está formado por un inalterable respeto y un amor profundo hacia el orden divino, es decir, en el caso presente, hacia la Iglesia tal como ella es, no solamente en los designios eternos, sino tal como vive concretamente aquí abajo en el espacio y en el tiempo, divina, sí, pero formada por miembros y por órganos humanos.

Si posee este carácter, el publicista católico sabrá evitar tanto un servilismo mudo como una crítica descontrolada. Ayudará con una firme claridad a la formación de una opinión católica en la Iglesia, precisamente cuando, como ahora, esta opinión oscila entre los dos polos, igualmente peligrosos, de un espiritualismo ilusorio e irreal y de un realismo derrotista y materializante. Alejada de estos dos extremos, la prensa católica deberá ejercer entre los fieles su influencia sobre la opinión pública en la Iglesia. Solamente así se podrán eludir todas las ideas falsas, por exceso o por defecto, sobre la misión y sobre las posibilidades de la Iglesia en el dominio temporal y, en nuestros días, sobre todo en la cuestión social y el problema de la paz”.


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‘CONOCEREISDEVERDAD’ sabe que toda opción categórica lleva consigo la conciencia del -aprecio insuficiente- a quien ha preferido otra distinta o enfrentada aquella. No es ese su afán, al contrario, es proponer la bondad evangélica, sin caer en el relativismo de todos los valores que hoy muchos presentan como ‘la única posibilidad de superar ese mal radical que implican las concepciones morales absolutas, la única forma de abandonar la conciencia de culpa que acompaña a toda actualización seria, para alcanzar una nueva inocencia’. La apoteosis del mecanismo del cambio, extendido a la vida entera, celebra la desposesión de la persona, a la que se arrebata radicalmente su dignidad. Ese relativismo ético absolutista corroe los parámetros. Sentimos una inquietud que nos lleva a buscar la auténtica realidad. De ahí que una vida volcada en la pura exterioridad dé lugar al vacío más absoluto, a la infelicidad y la depresión. Sólo la verdad, el bien y la belleza pueden saciar nuestra capacidad infinita de anhelar y desear.
 

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Benedíctus Deus in saecula


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